Crónicas del Templo, Vol 1: El origen del deseo

Crónicas del Templo, Vol 1: El origen del deseo

Título: El Origen del Deseo

Serie: Crónicas del Templo Vol. 1

Autor: Amarillo, Noelia
Bolsillo y Ebook

ISBN: 978-84-15952-183

Precio: 5.95 papel

PUBLICACIÓN PAPEL: 14 Enero 2016

Primera páginas: Aquí
Sinopsis: 

Karol, testigo y narrador de esta serie de novelas, disfruta del sexo de una manera un tanto peculiar y por eso será él quien nos introducirá en el Templo del Deseo, donde todas las fantasías secretas y los deseos más reprimidos encuentran su lugar. 

La primera entrega de la serie está protagonizada por Eberhard, quien no se atrevía a expresar sus deseos más que dos únicos días al año. Y uno de esos dos días de uno de esos años, Sofía tuvo la suerte de toparse con él.
Él es distinto de todas las personas que ella haya conocido. Está enamorado, confundido y asustado, todo por culpa de una fantasía que es una obsesión; una obsesión de la que reniega. Sin embargo Sofía disfruta demasiado con los deseos de los demás como para consentir que él no la haga partícipe del suyo. Así que averigua que las fantasías de Eberhard están íntimamente relacionadas con… ¿De verdad quieres saberlo?

 

Ufff, que os puedo contar de esta serie? Es un… capricho personal. Un proyecto que lleva en mi cabeza más de un año, que se ha ido cociendo lentamente día tras día, hasta que en un momento dado exigió salir de mi cabeza y plasmarse en el papel.

Crónicas del Templo se compone de cinco libros. Ni uno más, ni uno menos. Cuatro que ya están escritos, y uno que está dando vueltas por mi cabeza (muchas vueltas, no me dejan dormir!)

Poco más os puedo contar, salvo que este primer libro, El Origen del Deseo, es la historia de Eber y Sofía contada a través de los ojos de Karol… de hecho, Karol será el nexo entre todos los libros.

Karol es… inquietante. También fascinante. Ya lo conoceréis…

Cronicas del templo Vol.1 El origen del deseo from Noelia Amarillo on Vimeo.

La Sombra de tu memoria. Ya en preventa

La Sombra de tu memoria

Autor: Amarillo, Noelia

ISBN: 978-84-9918-701-3

Precio: 1.99 €

Publicado: 09/05/2013

Una conmovedora novela que entrelaza vida, pasión y memoria en la España de la Guerra Civil.

 

Sinopsis:

A través de los trazos irregulares de su memoria, una mujer esbozará el difícil camino de su vida. Una existencia que no es otra que la de toda una generación que intenta guardar sus recuerdos en el único lugar en que el tiempo no puede

borrarlos: en las mentes de sus descendientes.

Visi comienza su historia en 1913 cuando, siendo ella aún una niña, su padre muere. Con esta primera revelación nos abrirá las puertas a una cascada de momentos que compondrán su vida y que tendrán como escenario a la España, complicada, alterada y revuelta, del siglo XX.

Este no es solo el relato de una mujer cualquiera: es una carta abierta, una lucha contra la indiferencia, una declaración de vida.

Ya en preventa en:

Amazon.es / Amazon.com

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Casa del libro

Itunes

¿Qué os puedo decir de esta novela?

Querría contaros tanto y aún así, sería tan poco.

Me gustaría poder transmitiros todo lo que pasó por mi cabeza al escribir esta historia, la nostalgia que impelía a mis dedos para que se agitaran inquietos sobre el teclado, las voces de mujeres ahora silentes que me susurraban al oído desde más allá del tiempo y el espacio. Me gustaría trasladaros lo que sentí, sí, pero no puedo, me faltan las palabras porque esta esta historia no está hecha de letras y silabas, sino de recuerdos, tesón y vida.

Los renglones que componen esta historia, son susurros en el tiempo, reminiscencias extraviadas en los vericuetos de mi mente que de repente se abrieron paso entre las brumas de mi memoria. Surgieron imparables una tarde cualquiera, impulsándome a escribir una historia que pensaba había olvidado hacía mucho tiempo y, antes de que pudiera darme cuenta, esos susurros extraviados en mi interior se habían convertido en un grito desgarrado, en el reflejo de una sonrisa en los ojos de la persona amada.

El Sacrificio del Verdugo

Imagino que muchos lo sabréis, pero por si acaso, os lo confirmo oficialmente desde aquí: El Sacrificio del Verdugo (ESDV para abreviar) estará a la venta en todas las librerías a partir del 6 de junio de este año!!!!!

EDITANDO ENTRADA 13/01/15

Os pego la portada para la reedición en Bolsillo Tapa Dura de El Sacrificio del Verdugo. 

Título:El sacrificio del Verdugo
Autor:Noelia Amarillo
Editorial:Terciopelo
Publicación:06 Junio 2013

Género:Romántica Fantástica
Serie:Independiente (por ahora, vosotr@s decidiréis si queréis más… porque yo, ideas, tengo un montón jiji)
Primeros capítulos: Aquí
Extras: Aquí
Extras: El comienzo
Extras: Club de lectura El Sacrificio del Verdugo en Facebook (cuidado, SPOILERS!)

Personajes:

  • Máthair Mór
  • El Rey Verdugo
  • Fiàin
  • Aisling
  • Kier
  • El reino del Verdugo


Un rumor recorre el reino del Verdugo. Una joven de singular belleza camina desnuda entre los robles del Bosque Prohibido. Una salvaje dríade que atrapa en sus redes de placer a los incautos que osan adentrarse en la mágica floresta… 


El trabajo de Kier consiste en crear útiles tallas de madera con las que dar placer a las damas. Un trabajo que no le agrada y que además tiene un gran inconveniente: para evitar encontronazos con maridos furiosos debe satisfacer los encargos de las damas en el Bosque Prohibido y, cada vez que se adentra en este, se siente observado. El rey Verdugo gobierna con implacable justicia no carente de crueldad; solo Gard, capitán de la guardia, puede contener al irascible monarca.
Pero ni siquiera el inmutable soldado es capaz de detener al rey cuando llega el rumor de que alguien ha osado adentrarse en el Bosque Prohibido… Oculta entre las ramas de los robles, Aisling observa en silencio juegos que anhela compartir. Un día, al escuchar el dolor en la voz del hombre al que acecha, ignora las órdenes y consejos de quienes la protegen y decide abandonar la seguridad del bosque para poseer a aquel que desea.

Ufff, no podéis ni imaginar lo supermega contenta que estoy!!

Los que me conocéis un poco sabéis que me encantan los retos, y esta novela ha sido el mayor reto al que me he enfrentado hasta ahora.

ESDV es una novela arriesgada (sí, lo sé, siempre digo lo mismo jajaja), pero es verdad! Y, cuando la leáis  comprenderéis por qué digo que es arriesgada… jejeje.

En ESDV retomo la narración erótica/creativa de que hice gala en Ardiente Verano, y no, eso no significa que ambas novelas se parezcan, porque no es así. Lo único que tienen en común es que ambas transcurren en su mayor parte en un bosque… y ya sabéis lo mucho que me gustan los bosques y todo lo que dan de sí en mi imaginación… (pero mucho, mucho jajajaja).
Muchas veces me preguntáis si considero eróticas mis novelas, y mi respuesta ha sido siempre la misma: Solo he escrito una novela erótica, Ardiente Verano. El resto son románticas con tintes eróticos (Falsas Apariencias; Cuando la Memoria Olvida; ¿Suave como la seda?; Quédate a mi lado; El corazón de una estrella y La Voz). Bien, pues hoy mi respuesta cambia.
He escrito dos novelas eróticas, AV, y El Sacrificio del Verdugo.
Yo creo que con esto, ya doy bastantes pistas, jajajaja.
Pero, el que sea una novela erótica no es lo que la hace arriesgada, en absoluto. Lo que la hace arriesgada es… ains, no lo puedo contar. Ya lo descubriréis… pero una cosa os digo, os va a encantar (al menos, ese es mi deseo!)
No obstante, si os puedo comentar que os vais a encontrar una novela muy distinta a todas las que he escrito; no solo abandono la época actual en la que tan a gusto me muevo y me pierdo en una ambientación basada en la edad media, sino que además, creo un nuevo mundo. Sip, como lo leéis, para ESDV he inventado todo un Reino. El Reino del Verdugo, con sus ríos, sus aldeas, sus castillos, sus condados, sus leyendas, sus gentes, sus distintas clases sociales…
Seguramente os estaréis preguntando ¿Por qué?Uff, podría daros mil respuestas, la más fácil sería que porque no me apetecía documentarme sobre la Edad Media, pero estaría mintiendo vilmente. Porque en el mismo momento en que decidí escribir esta novela y ambientarla en la Edad Media comencé a buscar datos y documentación sobre esta época. Por supuesto, estoy segura de que en algo habré metido la pata (si no, no sería yo jajaja). No me interesaban los grandes avatares históricos, sino el entorno socio-económico,  la manera de vivir del pueblo y de los poderosos. El día a día. Y en eso basé mi documentación, en buscar datos que hicieran verosímil el mundo en el que mis personajes se mueven. Y creo que me ha salido bastante bien 😀

Pero volviendo a la pregunta inicial, ¿por qué inventar un mundo?, y la respuesta es: porque quería hacer mis propias normas, mis propias leyes y mis propias leyendas. Sabía exactamente quién iba a ser “El Rey”, sus antepasados, sus súbditos, sus enemigos… sus amores. Y toda la novela iba a girar en torno a la historia de este rey. Pero… este rey no es el protagonista principal de la novela, sino la pieza clave alrededor de la que giran todos los hechos.

Mmm… así explicado suena algo confuso.

En ESDV hay dos protagonistas principales:

Kier y Aisling.

Y tres secundarios que son los que tejen los hilos de la trama

Iolar, Gard y Fíain.

Y, poco más os puedo contar (por ahora).

Ficha Ardiente Verano

Posted on January 23, 2013

ARDIENTE VERANO

Noelia Amarillo
Ed. Terciopelo
Fecha publicación: 22 Mayo 2014

Primer Capítulo: Aquí

Extras: Relato corto erótico: Aquí

Extra, citas del libro: Aquí

  • Premio Colmillo de Oro 2011 del blog “Más que vampiros” a la mejor novela erótica 2011
  • Premio Rincón Romántico 2011 de la web El rincón de la novela romántica 2011 en la categoría Mejor Romance erótico.
  • Premio Rosa de la revista Romántica´s 2011 en la categoría Mejor Romance Erótico.

Sinopsis:

María, una joven con un hijo adolescente, se prepara para afrontar las vacaciones estivales en el pueblo de su exmarido. Solo hay un pequeñísimo problema. ¡Odia el pueblo! ¿Qué va a hacer allí durante todo un mes? ¿Visitar el castillo? ¿Bañarse en la fuente? ¿Pasear? ¡Aburrirse como una ostra! O quizá no.
Un día, harta del calor, se escapa al bosque. Sus pasos la llevan hasta una cabaña escondida, donde experimentará juegos prohibidos a manos de un hombre que impide que vea su rostro… Un desconocido que le susurra órdenes y al que desea más de lo que jamás pudo imaginar. Un extraño que parece conocer sus más íntimos deseos, satisfaciéndolos, y del que es incapaz de alejarse.

¿Podrá ignorar sus más secretas fantasías o se rendirá a ellas… a él, a un hombre al que ni siquiera puede ver el rostro?

Ardiente Verano from Noelia Amarillo on Vimeo.

¿Suave como la seda? Y compañía…

PORTADA EN BOLSILLO       PORTADA EN TRADE

¿Suave como la seda?

Amigos del barrio III

Noelia Amarillo
Romántica erótica
Encuadernación: Rústica
Páginas: 384
P.V.P 12,95 €
ISBN: 978-84-15410-42-3
Fecha de publicación: 21 enero 2013

Orden de lectura de la serie: Aquí
Extras: Aquí
Writer´s Garden ¿Suave como la seda? Aquí
Primeros capítulos: Aquí

 

“¿Suave como la seda?” está al nivel de la saga. No decae, no da sensación de “estar leyendo lo mismo”. Si las anteriores historias fueron buenas, esta lo es igual, incluso más. Anteriormente dije, para quienes no lo recordéis o no hayáis leído la reseña, que CLMO es un libro con una carga sentimental muy fuerte, un libro con un tinte dramático de fondo que te llega al alma por su calidez. Pero la historia de Ariel ha sido simplemente desgarradora.

Los Archivos del Valhalla

Sinopsis

El espléndido príncipe azul venció al fiero dragón, desafió a la malvada bruja y rescató a la hermosa princesa. Con los primeros rayos de sol, montaron sobre el blanco corcel y emprendieron viaje hacia un castillo de cuento de hadas…

Pero, ¿y si el príncipe, ni es príncipe ni es azul? ¿Y si no tiene blanco corcel, ni castillo maravilloso? ¿Y si es un honrado trabajador, con un sentido del humor inexistente y un genio de mil demonios? ¿Y si viste vaqueros en vez de brillante armadura y su ejército lo componen zapatos en vez de guerreros? ¿Puede un simple zapatero ser el príncipe encantado que toda princesa busca?

¿Y si la princesa no es delicada? ¿Y si en vez de tímida y recatada es arisca e insociable? ¿Y si no sabe entonar dulces canciones de amor, pero se le da de maravilla pelear? ¿Y si en vez de bordar hermosos tapices, su trabajo consiste en vender juguetes eróticos? ¿Puede esta insólita mujer ser la dulce princesa que enamora al príncipe azul… aunque dicho príncipe sea en realidad un zapatero enfurruñado?

¿Puede el amor surgir entre la chatarra, los zapatos y las clases de Jiu Jitsu de un gimnasio de barrio? ¿Por qué no?

Sí, se atrevió.

Os dejo un regalito para celebrar mi cumple… jejeje.

Este relato se titula “Sí, se atrevió”, fue ganador de un concurso de relatos cortos, de la editorial éride, y publicado en la antología “Cien mini relatos de amor y un deseo satisfecho”.

Ahora, os lo regalo a vosotr@s, espero que os guste!

Ah, aviso, los protagonistas de este relato son los de uno de mis libros, Ardiente Verano, y el tiempo en el que transcurre “Sí, se atrevió”, es posterior al final de este libro… por tanto, si no lo habéis leído, ojo, puede haber spoiler!!
Reseña de este relato: De nuevo alzo mi voz

María dejó caer al suelo la mochila con las toallas, la crema solar y el libro y suspiró cansada a la vez que se masajeaba los riñones. Había sido un largo ascenso hasta llegar al lugar idílico que su marido había elegido. Miró a su alrededor, deslumbrada por la belleza que la rodeaba.

Estaban en un claro, rodeados de robles y encinas, a la vera de un pequeño arroyuelo que, aquí y allá, se detenía formando charcas poco profundas de aguas cristalinas. Por encima de las copas de los arboles, podían observar las cumbres rocosas de las montañas de la Sierra de Gredos. Estiró los brazos por encima de su cabeza, sonrió al hombre moreno, fuerte y guapísimo que la acompañaba y procedió a quitarse los pantalones cortos y la camiseta. Acto seguido sacó una toalla de la mochila, la extendió sobre la arena pedregosa de la orilla del riachuelo y se tumbó bocabajo sobre ella, dejando que los rayos de sol de finales de septiembre le calentaran la espalda desnuda.

Las botas camperas de su marido ocuparon su campo de visión.

—¿No vas a echarme una mano, perezosa? —preguntó, acuclillándose ante ella. Sus ojos claros chispearon divertidos.

—No. —María hurgó en la mochila hasta encontrar un libro, lo abrió y centró su atención en las páginas de Delicias y secretos en Manhattan.

Caleb estalló en sonoras carcajadas. Su mujer se había quejado ardientemente durante cada uno de los treinta minutos que duró la caminata hasta allí. Le había amenazado a cada paso con dar media vuelta y volver al pueblo si tenían que ascender mucho más. Y ahora se tomaba la revancha tumbándose a leer.

Estaba por ver cuánto tiempo lograría continuar ignorándole.

Colocó la nevera portátil con los refrescos y la comida cerca del lugar que ella ocupaba, clavó como pudo la punta de la sombrilla en el duro suelo, dejó caer la bolsa de deportes que había cargado sobre su espalda y sacó de ésta la manta a cuadros que les serviría de mantel. La extendió en el suelo, sujetándola con cuatro piedras bastante pesadas, y a continuación colocó la cesta con el pan y el resto de viandas sobre ella. Cuando hubo acabado de prepararlo todo para el picnic, se descalzó y se deshizo de la camisa, quedándose vestido con unos pantalones cortos que mostraban sus musculas piernas, demasiado sexys para la paz mental de María.

Observó a su mujer. Se había puesto un bikini formado por triángulos rojos, atados con cintas a sus caderas en la parte inferior y a su cuello y su espalda en la superior. Nada muy complicado de quitar, pensó ladino. Se sentó junto a ella en la toalla y le acarició el lugar en que la espalda pierde su nombre.

María simplemente gruñó y le dio un manotazo.

—¿Piensas pasarte todo el día leyendo? —preguntó él.

—Sí. Es el primer día que tengo para mí desde que nació Anna. Pienso pasarlo haciendo lo que más me gusta: leer.

—¿Sólo leer?

—Sí, sólo leer –le advirtió rotunda, aferrando con más fuerza el libro.

Desde que había nacido la pequeña, hacía ya un año, no había tenido un segundo libre; entre atender a Anna y Andrés, mantener la casa, trabajar en la ludoteca y… los mimos exigentes de Caleb, sus días pasaban tan deprisa que apenas tenía tiempo de respirar; mucho menos de leer.

Desvió la mirada de la lectura cuando sintió a su marido trajinar en la mochila de las toallas.

—¿Qué buscas?

—La crema solar. Te vas a quemar.

—No creo, no hace tanto calor.

—Aquí el sol pega fuerte aunque no lo notes. Estamos a bastante altitud —comentó él.

María se encogió de hombros y retomó la lectura. La novela era francamente interesante. Un segundo después escuchó el sonido de un bote al abrirse y llegó hasta ella un suave aroma a chocolate; el mismo aroma que tenía el aceite que Caleb usaba para sus juegos. Levantó la cabeza sorprendida. Bajo el bikini sus pezones se fruncieron endurecidos y su sexo comenzó a humedecerse.

—¡Eso no es crema solar! —le imprecó a su marido.

—¿No?

—¡Por supuesto que no! Es el aceite que… ¡Ya sabes lo que es!

—Sí.

—Caleb, odio que me contestes con monosílabos.

—Sigue leyendo tu libro mientras te doy la crema —la ignoró él.

—¡No puedo leer con ese olor, me desconcentra!

Caleb arqueó las cejas, posó una mano sobre la nuca de su mujer y la obligó a reposar la cabeza sobre la toalla. Luego vertió un poco de aceite sobre la palma de su mano y comenzó a frotarle la espalda.

María suspiró, gruñona, y cerró los ojos. No creía que su marido se atreviera a nada estando en mitad del monte; en un lugar en el que podía aparecer cualquier dominguero y pillarles.

No. No se atrevería.

Sí. Sí se atrevió.

Caleb recorrió la espalda de María con pasadas suaves y precisas. Desató las cintas que sostenían el sujetador del bikini, jugó con las yemas de sus dedos sobre cada vertebra, se desvió hasta las costillas y, una vez allí, acarició con ternura los suaves pechos de su mujer. Se entretuvo con ellos hasta que la escuchó jadear excitada y a continuación se levantó del lugar que ocupaba sobre la toalla.

María giró la cabeza y observó como su marido se quitaba los pantalones,  liberando su grueso e imponente pene de la prisión de tela vaquera en la que estaba confinado. Tragó saliva y apretó los muslos ante la interesante visión. Caleb sonrió satisfecho. Ella bufó y continuó intentando leer su libro.

Una carcajada presuntuosa reverberó en el claro entre montañas.

Caleb se acuclilló a horcajadas sobre los muslos de su mujer y los aprisionó entre sus rodillas, obligándola a mantenerlos fuertemente cerrados. Ella hizo intención de girarse de espaldas sobre la toalla. Él no se lo permitió

—Sigue leyendo —ordenó a la vez que presionaba sobre sus hombros, obligándola a retomar su postura inicial.

Cuando le obedeció, Caleb reanudó el erótico masaje.

Impregnó de aceite la suave piel de su amada, pintó con caricias aterciopeladas el contorno de la braguita del bikini, sin adentrarse bajo la tela, jugó con las cintas que lo mantenían unido y, cuando María comenzó a removerse, desató uno de los lados.

—Caleb, puede aparecer alguien… —gimió ella al sentir los dedos de su marido deslizarse por el trasero.

—Sigue leyendo. –Él reiteró su orden a la vez que ahondaba con el índice en la grieta entre sus nalgas.

—Caleb, esto no está bien…

—Sí lo está.

El desvergonzado dedo continuó su investigación hasta llegar al tenso anillo de músculos del ano, lo acarició y tentó, ungiéndolo de aceite, insistiendo una y otra vez sobre él, hasta dejarlo relajado y resbaladizo. Presionó contra el prieto orificio hasta penetrarlo, primero la yema, después la primera falange. Movió el índice en círculos hasta hundirlo por completo y luego comenzó a entrar y salir lentamente de él. Introdujo la mano que tenía libre entre los cerrados muslos femeninos hasta llegar a la entrepierna del bikini, y después presionó sobre los labios vaginales.

María arqueó la espalda a la vez que su respiración se tornó agitada. Tenía la braguita empapada; su vagina se apretaba vacía, necesitada de sentir sus caricias, su grosor entrando en ella. Frotó sus pezones, duros como guijarros, contra la suave tela del bikini buscando sentir un roce que no llegaba. Se apoyó sobre los codos e intentó liberarse del peso de su marido para colocarse a cuatro patas sobre la toalla y mostrarle el camino que anhelaba que él tomase.

—¿Ya no te interesa seguir leyendo? —la provocó, impidiéndole levantarse.

Ató de nuevo el bikini y se situó sobre su mujer. Colocó un codo a cada lado de su cabeza y se sostuvo sobre ellos, a la vez que encajaba las rodillas en suelo, a ambos lados de las caderas femeninas. Dejó que su torso y genitales tocaran la sumisa y resbaladiza espalda de María.

—No… —jadeó ella al sentir la enorme erección acomodarse entre sus nalgas.

María no sabía si contestaba a su pregunta o si se negaba a adoptar esa posición en un lugar al que cualquiera tenía acceso.

Caleb cogió la novela, se la quitó de entre los laxos dedos y la dejó a un lado. Luego se meció contra ella. El baño de aceite al que le había sometido minutos antes le hizo resbalar en un masaje sensual, en el que su enorme polla tan pronto se alojaba sobre las nalgas como le hacía cosquillas en la espalda. Cuando escuchó a su mujer gemir anhelante, paró el erótico vaivén al que la estaba sometiendo y se incorporó.

María observó a su marido ponerse en pie. El grueso pene oscilaba irreverente sobre su pubis depilado, logrando que le deseara todavía más. Se lamió los labios.

Caleb se arrodilló sobre la toalla, frente a su esposa. Colocó una de las manos bajo su barbilla y la instó a que alzara el rostro hacía su imponente verga.

María no se lo pensó dos veces, apoyó las manos en el suelo, arqueó la espalda hasta que sus labios quedaron a la altura necesaria y lamió con prontitud la gota de denso semen que emanaba de la abertura de la uretra. Escuchó satisfecha el jadeo que escapó de los labios de su marido y como premio, jugueteó con sus labios sobre el glande. Cuando sintió que el pene se engrosaba y endurecía más todavía, lo hundió en la cálida humedad de su boca y frotó con la lengua la sensible piel del frenillo a la vez que succionaba con fuerza.

Caleb enredó los dedos entre los cabellos de su amada, sujetándola, y comenzó a mecerse contra ella, introduciéndose hasta tocar su garganta para luego salir lentamente, sintiendo en cada centímetro de su polla la carnosa boca. Se mordió los labios cuando la agonía le llevó cerca del punto de no retorno.

Se separó de ella.

María le miró confusa e intentó tomarlo en su boca de nuevo, pero él no se lo permitió. Aún era pronto para terminar.

—Túmbate bocarriba y ábrete para mí. Quiero ver lo mojada que estás —exigió él.

Ella obedeció.

—Eres tan hermosa. —Posó la palma de su mano sobre la lúbrica vulva y presionó hasta que el rocío que la cubría quedó impregnado en sus dedos. Después se retiró, dejando a la mujer que vibraba bajo él frustrada y anhelante.

Deslizó la mirada por el sinuoso cuerpo de su esposa. Observó satisfecho la humedad que traspasaba la elástica tela de la braguita del bikini y los pezones erectos que se marcaban expectantes contra los triángulos del sujetador. Pequeñas gotas de sudor se alojaban en el valle entre sus pechos.

—¿Tienes calor? —le preguntó.

María asintió con la cabeza, incapaz de hablar ante su escrutinio.

Caleb abandonó la toalla y se dirigió hacia la pequeña nevera portátil. La cogió y la llevó hasta donde ella le esperaba, obediente, tumbada con las rodillas dobladas y las piernas muy abiertas.

Colocó la nevera sobre la toalla y la abrió, arrodillándose después entre las piernas de su esposa.

—Caleb, no deberíamos… Puede venir alguien –insistió María. Él se encogió de hombros. En ese instante le daba igual todo.

Cogió una botella, desenroscó el tapón y vertió agua casi helada sobre la boca de María. Ésta tragó con avidez, pero aun así no pudo evitar que un poco se le derramara por las mejillas y la barbilla, gotas que él se apresuró a beber sobre su piel. Sonrió ladino e inclinó la botella de nuevo, vertiéndola con lentitud sobre el cuerpo amado. Un fino chorro de agua cayó sobre los pezones, el estómago, el monte de Venus… Lamió lentamente cada gota del gélido líquido que tocaba la femenina piel.

María arqueó la espalda al sentir la primera caricia helada sobre sus pechos, jadeó asombrada cuando la lengua de su marido calentó los fríos pezones y elevó las caderas al sentir el frescor recorrer su vientre, seguido por los labios candentes de Caleb. Se removió inquieta al comprobar que él se detenía impasible sobre su pubis, sin rebasar el límite impuesto por el bikini.

—¿Sigues teniendo calor? —Preguntó él de nuevo.

María asintió con la cabeza.

Caleb sonrió e introdujo de nuevo la mano en la nevera.

María casi gritó cuando sintió un roce gélido sobre sus pechos. Alzó la cabeza y observó a su marido. Tenía un cubito de hielo entre los dedos y jugaba con él sobre sus pezones. Cerró las piernas con fuerza ante el ramalazo de placer que estalló en su clítoris.

Caleb soltó el hielo sobre el estómago de su mujer e introdujo veloz las manos entre sus muslos unidos, obligándola a separarlos de nuevo. Tanto, que María sintió la tensión estallando en los abductores.

—Quiero verte. No vuelvas a cerrarlos —le ordenó él, inalterable.

Acarició levemente los tensos músculos, calmándolos, y luego recogió el hielo y continuó jugando con él sin traspasar la barrera del bikini. Torturándola.

Cuando María comenzó a gemir incontrolable, cuando su vientre se tensó por las caricias y sus pechos comenzaron a subir y bajar con rapidez por culpa de la agitada respiración, él se detuvo de nuevo.

—Tengo sed —afirmó Caleb—. Pero no queda agua. ¿Crees que podrías deshacer un par de hielos y darme de beber?

María parpadeó confundida.

Caleb se rió entre dientes, luego se levantó de un salto, dio dos pasos hasta posicionarse sobre la cabeza de María y se arrodilló, dejando una rodilla a cada lado del rostro de su esposa.

María abrazó los fuertes muslos de su marido y se alzó arrebatada, ansiosa por besar la tremenda y excitante verga que se balanceaba a escasos centímetros de sus labios.

Caleb se lo impidió.

—Coloca las manos planas sobre la toalla —le ordenó—. No puedes alzar la cabeza, sólo podrás comerme la polla cuando yo me acerque a ti. Nada más. ¿Lo has entendido? —María le miró estupefacta—. ¿Lo has entendido? —reiteró con voz ronca.

—Sí.

Caleb estiró el brazo y cogió un cubito de hielo de buen tamaño. Sin acercarse más a María, comenzó a recorrer con él su precioso cuerpo hasta deslizarlo bajo la braguita del bikini y posarlo contra el clítoris ardiente. Ella elevó las caderas, jadeando. Él se limitó a trazar con el congelado juguete pequeños círculos sobre el tenso botón. A continuación recorrió los húmedos pliegues de la vulva hasta ubicarlo en la entrada a la vagina. Lo introdujo en ella con una pequeña presión. Se incorporó, cogió otro hielo y repitió la operación hasta dejarlo encajado en el interior de su mujer.

—Quiero ver chorrear tu coño —exigió un segundo antes de posar su boca sobre el pubis femenino.

María gritó cuando sintió los dientes de su esposo rozarle el clítoris por encima de la tela del bikini. Se contorsionó desesperada al percibir que introducía dos dedos dentro de ella y jugaba con los hielos que comenzaban a derretirse allí. Aferró la toalla entre sus puños y tensó el cuello para no alzar la cabeza, anhelando que él bajara la pelvis y le permitiera lamer los testículos libres de vello que colgaban sobre sus ojos, provocándola. Y cuando él por fin descendió, acercándolos a ella, los absorbió en su boca, apretándolos contra su paladar, para luego deslizar la lengua hasta la suave piel del perineo y comenzar a mordisquearle con dulzura.

Caleb gruñó, excitado, al descubrir el juego de su esposa. María se acercaba a su ano, le lamía y succionaba los testículos pero ignoraba su dolorida polla.

Negó con la cabeza, divertido; ella podía ser igual de mala que él… o peor.

Bajó la cabeza, mordió las cintas del bikini hasta deshacer los nudos y retiró la tela para poder observar con avidez el pubis lampiño que se revelaba ante él.

Suave, mojado, dúctil.

Lo recorrió con los labios hasta llegar al clítoris y aferró el tenso botón con cuidado entre sus dientes a la vez que le daba golpecitos con la punta de la lengua. María gritó dejando caer la cabeza, olvidándose de él.

Caleb deslizó una de sus manos hasta la polla, la aferró con los dedos y la guió hasta la carnosa boca de su esposa. Presionó hasta que María le permitió entrar. Se hundió en ella y jadeó de placer cuando los afilados dientes rasparon con delicadeza la base del pene. Volvió a bajar la cabeza, un delgado hilo de agua resbalaba por los hinchados pliegues de la vulva hasta el brillante perineo.

Sonrió, decidió a calmar su sed.

Lamió con lentas y largas pasada cada gota del tibio líquido que manaba de María. Posó los labios sobre la entrada de la vagina y libó con fruición, absorbiendo los cada vez más diminutos hielos y empujándolos con la lengua cuando tocaban su boca. Y mientras tanto, sus dedos no dejaron de jugar sobre el trasero femenino. Masajearon, juntaron y separaron las nalgas y, por último, el índice, atrevido, tentó el fruncido orificio penetrándolo.

María negó excitada con la cabeza sin soltar la enorme polla que llenaba su boca. Alzó más su rostro, hasta albergarla por completo en su garganta y deslizó una de sus manos por las piernas de su marido hasta acariciarle el duro trasero. Esperó unos segundos, dudando entre continuar u obedecer sus órdenes. Al final decidió ser mala.

Malísima.

Caleb notó las manos de María en su culo, las sintió acariciarlo y luego abandonarlo. Arqueó una ceja, estaba seguro de que algo tramaba. Un segundo después notó el tibio aceite de chocolate derramándose sobre sus nalgas y los dedos de su amada extendiéndolo, untándolo sobre su ano. Cerró los ojos y respiró profundamente, intentando relajar el anillo de músculos que se había tensado expectante. Hundió la lengua en la acogedora vagina, degustando su sabor dulce unido al frescor de los hielos a medio derretir. Jadeó cuando sintió uno de los dedos de María penetrándole el ano, a la vez que sus labios le succionaban con más fuerza la polla.

Pocos tiempo después se separó de ella, incapaz de aguantar un segundo más semejante tortura.

De los labios de María escapó un quejido frustrado.

Quería más.

Caleb se giró hasta colocarse frente a su esposa, rostro con rostro, piel con piel. Observó fascinado aquellos labios sonrosados, los pechos perfectos, los ojos entornados por el placer y las mejillas teñidas por el rubor de la pasión. La besó. Sus labios, impregnados en la esencia femenina, le mostraron todo el amor que sentía por ella.

Ella respondió con idéntica adoración.

—Me gustaría tanto tener otro bebé —susurró suplicante Caleb. María abrió los ojos de par en par—. Un niño travieso que corra por la casa y juegue con Ana… —musitó mirándola.

Al ver que ella permanecía en silencio, estiró un brazo y buscó el pantalón.

En la cartera tenía preservativos.

La mano de su esposa se cerró sobre su muñeca, tirando de él, obligándole a cesar la búsqueda y guiando los morenos dedos hasta su boca. Una vez allí los besó y a continuación, le envolvió las caderas con las piernas, ancló los talones sobre sus muslos y le instó a completar lo que había empezado.

Se movieron al unísono, cada uno imitando los movimientos del otro.

Saborearon embelesados la esencia de cada uno en la lengua del contrario.

Disfrutaron del placer que eclosiona cuando dos almas se conocen íntima y profundamente.

Se deleitaron con el glorioso éxtasis que brota feroz cuando la confianza, el respeto y el amor conforman el cuerpo, corazón y mente de dos amantes enamorados.

Nueve meses después.

Un flamante 4×4 aparcó frente al porche de una típica casa serrana en Mombeltrán.

Una niña pequeña, de apenas dos años, se asomó por la ventana de la cocina y gritó entusiasmada mientras su hermano mayor, Andrés, señalaba ilusionado el coche. Un segundo después ambos aparecieron en la puerta de entrada, acompañados por su abuelo, Abel.

Caleb observó a su sobrino y sonrió divertido. Andrés era un adolescente, hijo del primer matrimonio de María. El joven se volvía loco por complacer a su hermana pequeña, que en ese momento estaba subida sobre sus hombros, tirándole del pelo para que se apresurara a salir a la calle y cruzara la carretera para llegar hasta donde estaban papá y mamá. Quería ver a sus nuevos hermanitos, sobre los que, por supuesto, pensaba mandar porque era más grande que ellos.

Caleb observó a su mujer. María estaba sentada en el asiento trasero, entre las dos maxicosi en las que sus gemelos recién nacidos dormitaban.

Sintió el corazón a punto de estallar de felicidad.

Ahí estaba su familia. Junto a él, rodeándole.

Su traviesa princesa, sus hijos recién nacidos, su afable padre, su adorada esposa y el sobrino al que quería como si fuera su propio hijo.

¿Podía haber algo mejor en la vida?

“Quédate a mi lado” Extras.

Posted on May 3, 2012 in Uncategorized

Primeras frases:

Dicen que la primera impresión es la que cuenta…

La primera vez que Nuria vio a Jared fue una tarde lluviosa de febrero. Estaba colocando madejas de lana, hilos de perlé y telas de lino y panamá en sus correspondientes estantes mientras su abuela se afanaba en limpiar el inexistente polvo de cada cuadro de punto de cruz o ganchillo que adornaba las paredes.

**********
¿Por qué Jared? ¿Por qué un sin techo?
A finales del año 2010 yo estaba en plena campaña de “acoso y derribo” a las editoriales… sip, como lo leéis: “Acoso-y-derribo”. ¿Y esto que significa? Pues que me dediqué a “menear” por diversas editoriales el manuscrito de la última novela que había escrito “Cuando la Memoria Olvida”… y entre los pocos mails de contestación que recibí, hubo uno que infló mi ego, y mi mal genio.

En ese mail se me indicaba que la novela (Cuando la memoria olvida) estaba muy bien escrita y no carecía de interés (esto, por supuesto, infló mi ego), pero, mi manuscrito era muy realista y ellos buscaban crear un mundo de fantasía, con príncipes azules etc…

Y esto, me hizo recapacitar.

Estaba claro que en casi todas las novelas románticas que leemos el prota masculino es poco menos que un aguerrido príncipe azul; puede ser un conde, un duque, un seal o un policía… pero todos tienen pasta a raudales, todos tienen un buen trabajo o una buena posición social (o ambas), todos rescatan a la pobre muchacha desamparada… Y a mí me parece estupendo, ojo, yo también quiero ser rescatada por un macho men guapísimo (rubio, por favor) y que además sea A/ multimillonario B/ducho en la lucha cuerpo a cuerpo (tanto en la cama conmigo, como en la calle con el malo maloso) C/ Conde, duque, Seal… (Vamos, una profesión que haga morirse de envidia a mis amigas XD).

Y sip, mis protas hasta la fecha ni eran ricos ni tenían una profesión alucinante ni sabían repartir hostias a diestro y siniestro contra una panda de malvados que quisieran secuestrar a la prota femenina (claro, que tal y como son mis protas femeninas, probablemente ellas atizarían a los malos con una sartén y les dejarían para el arrastre).

La cuestión es que recapacité, y mucho, sobre mis protas masculinos… Pero mientras estaba recapacitando, recibí un mail de El Maquinista, diciendo que me publicaban Cuando la Memoria Olvida, y bueno, me olvidé de príncipes azules, verdes o morados. Al menos por un tiempo.

Acabó el 2010 y a finales de febrero de 2011 terminé de escribir la novela que me traía entre manos desde mediados de 2010 “Ardiente Verano”. Pensé en retomar la historia de Darío y Ariel: “¿Suave como la seda?”, pero… el tema de los príncipes azules no dejaba de darme vueltas por la cabeza.

¿Por qué los príncipes azules tienen que ser ricos, guapos y con una profesión interesante que les reporte pingües beneficios? Conquistar a una chica con todas esas cualidades me parece muy fácil, ¿no?

No tienen que comerse el coco por llegar a fin de mes, ni pensar en ahorrar unos eurillos para comprarlas un bonito anillo ni buscarse la vida para que les den el día libre en el curro para poder llevarlas de viaje a la Conchinchina (o sea, a una playa/montaña de España, que el extranjero está muyyy caro)…

No sé, me parece mucho más príncipe azul un tipo que no lo tenga todo a favor…

Pues con todas estas cosas en la mente, y muchas otras más, aconteció que llegó un domingo, pero ojo, no un domingo cualquiera, sino el domingo del mes que me voy al rastro con mis amigas.

Ese frío domingo de enero de 2011, me bajé en la estación de Embajadores y, como cada domingo de Rastro, lo primero que vi nada más salir de la Renfe fue la casa de baños de Embajadores… y ese día, sin saber bien porqué, en vez de torcer a la derecha y subir la calle, me acerqué a ver si estaba abierta la casa de baños… puede que fuera curiosidad, el destino o yo que sé. La cuestión es que allí estaba yo, entrando en un lugar que jamás había pisado, y totalmente asombrada, rodeada de indigentes, de sin techo… personas que no tenían nada y habían acudido allí en pleno mes de enero a darse una ducha para mantenerse limpios y… dignos.

No sé si os he contado que yo me he criado en un barrio pequeño donde todo el mundo se conoce. De hecho, a la hora de comprar mi casa, lo hice en un barrio muy parecido al de mi infancia.

Cuando era niña, había en ese barrio una señora que tenía una mercería, y era un alma de la caridad. Creía en el mundo, tenía fe en la gente, movilizaba a vecinos, comerciantes y viandantes para intentar conseguir un barrio mejor…

No sé porqué, pero al entrar en los baños públicos de Embajadores me vino a la mente esta mujer… los príncipes azules que verdaderamente valen la pena… la lucha de miles de hombres invisibles por dar un paso adelante… los sin techo a los que he tenido el placer de conocer y tratar a lo largo de mi vida y, no pude detener mis pasos.

Hablé con la gente que se encontraba esperando la cola en la casa de baños y salí de allí sorprendida, estremecida. Fui al rastro con mis amigas, pero mi cabeza no dejó de dar vueltas a todos ellos… en la semanas siguientes investigué, busqué, conocí, recordé. Y de ahí salió Jared, el protagonista de “Quédate a mi lado”.

Jared no tiene casa ni dinero ni titulo nobiliario. No sabe disparar pistolas ni es un maestro de las artes marciales. No tiene un trabajo estupendo y maravilloso ni persigue delincuentes malvados. Pero, una cosa os digo, Jared SÍ es un príncipe azul, porque tiene todas las características que estos deberían poseer: es inteligente, es valiente, tiene honor y dignidad, y es capaz del mayor sacrificio por obtener aquello que desea.

Entre Jared y cualquier otro príncipe azul, yo, me quedo con Jared… espero que vosotr@s también.

Extras Ardiente Verano

Posted on January 13, 2012
Frases Ardiente Verano:

—Cierra los ojos y respira —ordenó él sosteniéndola aún por el estomago.

****

-Qué más da -murmuró- estoy solo, ella no va a volver, pero tengo el recuerdo, y lo pienso disfrutar.
Se desabotonó los pantalones, y sin molestarse en bajárselos por las caderas, se sacó el pene erecto e hinchado, tanto que casi dolía. Lo acarició lentamente, intentando hacer durar la sensación y cerró los ojos.
****

-No te molestes en huir -continuó mirándola fijamente, sus ojos blancos parecían brillar- porque él te pillara, se te meterá dentro y atará su alma a la tuya.
-Tonterías, no conozco a ningún “XXX” -farfulló María dando un paso atrás. La vieja le estaba empezando a dar grima.
-Lo conoces, pero no lo sabes. Le perteneces, pero aún lo dudas -aseveró- Haz caso a esta vieja bruja que no ve, pero huele -aconsejó dándose golpecitos de su larga y picuda nariz de nuevo.
****
-Cuando un hombre pretende a una mujer –carraspeó el abuelo dandose importancia-, la tira al pilón de la fuente, avisando de esta manera al resto de los varones del pueblo que desde ese mismo instante, ella pasa a ser “Coto privado de caza”.
-¿Y a la mujer la parece bien? -interrumpió María alucinada.
-Depende…
-¿De qué?
-De si es invierno o verano…
****
-No pares de masturbarte, esto va a doler al principio -advirtió él a la vez que la sujetaba las caderas con una de sus manos.
****
María y Abel estaban sentados en el comedor cuando escucharon el sonido más atronador, disonante, arrítmico y horroroso que María había oído en su vida.
-¿Qué ha sido eso?
-La orquesta del pueblo -respondió su suegro poniéndose en pie, colocándose bien la visera de la boina y alisando con las manos las arrugas (imaginarias) de la camisa azul y el pantalón negro.

Primer Capítulo Ardiente Verano

1
Llegó el ardiente verano, el bochornoso calor, las temidas vacaciones, el odiado pueblo… El aburrimiento.
Un día tras otro, una hora tras otra, un segundo tras otro… En el maldito pueblo.
María observó desde el umbral de la casa a su hijo de 14 años levantar la mano y despedirse; se iba a dar una vuelta, no volvería hasta la noche.
Les vio alejarse; su niño pequeño, que ya no lo era, rodeado de toda la caterva de primos de su misma edad que se reunían en el pueblo al llegar el verano. En el maldito y aburrido pueblo.
Cuando era niña y acababan las clases, la mayoría de sus amigas se iban al pueblo desde finales de junio hasta principios de septiembre. Ella se quedaba sola en Madrid, soñando que sus padres tenían un pueblo al que ir; un pueblo lleno de tíos, primos y abuelos con los que pasar las vacaciones estivales.
Hay que tener cuidado con lo que se desea… porque puede cumplirse.
Al crecer se olvidó del sueño, pero el sueño no se olvidó de ella. Y cuando conoció al que sería su marido durante casi diez años, el sueño iba incluido en el trato.
Ben era de Ávila, más concretamente de un pueblo de Ávila, Mombeltrán. Durante el primer verano de su noviazgo fueron allí a pasar las vacaciones, fue un sueño convertido en realidad. Días de calor y risas, de ríos y juegos, de naturaleza y sensualidad, de locura y erotismo… De polvos salvajes en el campo y embarazos no deseados.
Se casaron, tuvieron a Andrés, se odiaron y se divorciaron.
Pero mucho antes de divorciarse, aborrecía el pueblo.
Y ahora estaba de nuevo allí. Tras cinco años sin poner un pie en las montañas de Gredos, se había visto obligada a volver.
Miró a su alrededor, Andrés había desaparecido en las callejuelas; se encontraba sola de nuevo. Se giró para entrar en la casa, posó la mano en el pomo de la puerta y la apartó como si se hubiera quemado. ¡No quería pasar otra tarde más encerrada entre aquellas cuatro paredes!
Metió los dedos en el bolsillo de los vaqueros, asegurándose de que llevaba las llaves encima y dio un paso. Respiró profundamente y dio otro, y otro más. No miró a izquierda ni a derecha, no miró hacia atrás, ni siquiera levantó la cabeza de la punta de sus pies. Solo quería alejarse de ese horrible pueblo, de esa horrible casa y, perderse… ¿Dónde? Ni idea. Solo perderse.
Caminó por la calle principal sin hacer caso a la gente que la reconocía como «la viuda del hijo del Rubio». En el pueblo perdía su identidad, pasaba de ser María a ser «La mujer del hijo de…» o, más exactamente en estos momentos: «La viuda del hijo de…»; aunque antes había sido «la Ex del hijo de…». Se necesitaba ser un hombre del pueblo para tener nombre allí, su exmarido no lo había sido; ni hombre, ni del pueblo…, por tanto siempre sería «el hijo del Rubio».
Fue un alivio cuando dejo atrás la Cruz del Rollo, cuando por fin salió del pueblo, cuando dejo de oír los murmullos que seguían cada uno de sus pasos.
Pero no se detuvo.
Siguió andando, un paso tras otro. Atravesó fincas de olivos y vides hasta llegar a un cerro. Se detuvo bajo las sombras de encinas, robles y pinos. Respiró. Estaba lejos del pueblo, de su agobio; pero no lo suficiente.
Un paso, otro paso, otro más. Nunca sería suficiente.
Era un alma de ciudad. De humo. De tráfico. De edificios altos hasta el cielo. Los bosques, las nubes sobre su cabeza, los arroyos que cortaban el camino… Eso no era para ella.
Un paso, otro paso, otro más… Miró a su alrededor: árboles, arbustos y rocas. Nada más. No sabía donde estaba y tampoco le importaba mucho. Había logrado su propósito: huir.
Un relincho recorrió el bosque. Se giró buscando el origen del sonido. Era extraño, estaba alejada del pueblo, que ella supiese no había fincas por esa zona, claro que tampoco sabía mucho de Mombeltrán.
Sin saber por qué se dirigió hacia el sonido, le daba igual estar perdida en un lado que en otro. Se iba a aburrir lo mismo al norte que al sur, y los caballos siempre le habían gustado.
Otro relincho, esta vez más cercano. Apresuró sus pasos hasta llegar a una alta valla que se extendía de este a oeste hasta el infinito, o eso parecía. Supuso que se trataba de un coto privado de caza. La cerca estaba encajada entre altos árboles, rodeando una gran parcela, y a través de los agujeros podía ver un claro más allá de los árboles.
Otro relincho.
María siguió la alambrada, buscando un lugar desde el que la vegetación le dejara ver al dueño de tan potentes pulmones.
Unos minutos después vio un sendero asfaltado que llevaba hasta unas puertas de forja. Observó el lugar, alerta; no quería ver a nadie, quería morir de aburrimiento ella sola, sin habladurías ni murmullos; pero el camino estaba desierto y el caballo relinchaba de nuevo.
Se acercó con cautela, la puerta estaba cerrada con una cadena. Empujó, el candado que debía sujetarla cayó. Lo recogió del suelo y dudó unos segundos con él en las manos, luego lo enganchó a un eslabón sin cerrarlo del todo y entró en la finca.
Árboles altos y frondosos rodeaban el camino asfaltado intentando devorarlo hasta que, pocos metros después, el sendero desaparecía y los árboles con él. Como si hubiera sido eliminado por alguna fuerza mágica, el bosque se abrió en un claro enorme y verde en mitad del cerro.
Frente a ella una alta cerca blanca formaba un círculo de unos treinta metros de diámetro. Pegada al perímetro había una construcción de paredes de chapa y tejado de uralita en forma de “U” invertida que probablemente sería un establo y, unos veinticinco o treinta metros al este, rodeada por un muro bajo hecho de piedras y elevada a medio metro del suelo sobre una plataforma de cemento, se ubicaba una pequeña casa rústica de tejas rojas y paredes de pino, con un pequeño porche sobre el que destacaba una mecedora de madera.
Si hubiera creído en los cuentos, habría pensado que estaba en la casa de la abuelita de Caperucita Roja. Pero no creía en ellos y además estaba aburrida.
Fijó la mirada en el círculo blanco, donde un precioso caballo negro, de crines largas hasta los ijares y cruz alta, con una estrella blanca destacando en la sien y la cola ondeando al viento relinchaba alzando la testa y arqueando el cuello. Recorría con pasos pesados el centro del círculo y se alzaba sobre sus patas traseras en dirección a un alazán rojizo, algo más pequeño, que pastaba tranquilo atado al pie del cercado. Este alzó la cola y soltó un buen chorro de orina en respuesta a su compañero. El negro corcoveó excitado, alzó el labio superior y olisqueó el aire con movimientos casi espasmódicos.
María se acercó como hipnotizada. Era impresionante ver a ambos corceles; uno tan tranquilo, el otro tan nervioso y a la vez tan majestuoso y altivo. Aferró la cerca con los dedos y apoyó la barbilla sobre las manos, incapaz de apartar la mirada.
Ahora el negro se aproximaba al alazán, casi podía decirse que bailaba alrededor de él levantando los cascos, acercándose orgulloso para, al instante siguiente , alejarse nervioso. El alazán volvió a orinar. El negro arqueó el cuello, destacando de esta manera los músculos duros y delineados de la cruz, a la vez que volvía a subir el labio superior y cabeceaba en el aire con énfasis.
—¿Qué están haciendo? —se preguntó para María
—El semental danza para la yegua —susurró una voz ronca sobre su nuca, a la vez que un cuerpo duro y cálido se pegaba a su espalda.
—¡Qué…! —María intentó volverse, pero unos fuertes brazos la rodearon por los hombros y unas manos ásperas se posaron sobre las suyas, inmovilizándola.
—Ahora la yegua le muestra al semental que está preparada —continuó el desconocido haciendo caso omiso de los intentos de María por liberarse—. Observa —ordenó.
En ese momento el alazán separó las patas traseras y levantó durante breves segundos la tupida cola de pelo canela, mostrando la vulva hinchada y rojiza de una yegua. El corcel negro se volvió loco. Hizo cabriolas, dio saltos y elevó las patas delanteras mostrando su belleza en todo su esplendor.
—Lo está provocando —aseveró el desconocido. Los labios susurrando en su oído— pero el semental no se fía; conoce a las yeguas, sabe que antes de aparearse tiene que ganársela
El corcel se acercó a la yegua y en ese momento ella bufó y bajó su cola ocultando la entrada a su vagina. El negro reculó y se lanzó a la carrera hacia el otro extremo del vallado.
—Se rinde… —dijo María entristecida. Con un suspiro intentó volver la cabeza y ver de quien era la voz que la mantenía inmóvil; una voz que, estaba segura, debía de reconocer.
—No. Se replantea el cortejo —susurró el desconocido empujando su pecho sobre la espalda de María, obligándola a pegarse a la valla antes de que ella pudiera verle el rostro.
María volvió su atención al semental. Se le veía más calmado, recorriendo pausadamente el perímetro de la cerca, ignorando a la yegua.
—Más bien pasa de ella —aseveró María, intentando liberar las manos del agarre del hombre.
—No. Están jugando, ella quiere un semental entre sus patas, pero antes quiere un cortejo en toda regla —susurró él introduciendo uno de sus pies entre los de ella.
—Yo no soy una yegua que busca follar con un semental —declaró María, sin moverse ni alzar la voz, pensando que debería intentar liberarse de él. O, al menos, sentir miedo por la situación en la que estaba inmersa. Pero no era así, no tenía ni pizca de miedo ni se sentía atacada. Algo en su interior le decía que el desconocido no era tal.
—No eres una yegua —aseveró él en voz baja, ocultando adrede el tono verdadero de su voz e ignorando el resto de la frase—. Ahora volverá a tentarle.
Y así fue. La yegua volvió a miccionar y el semental respondió con un sonoro relincho, corcoveando y hocicando al aire.
El desconocido presionó las manos de María sobre la valla hasta que éstas se juntaron, luego asió ambas con una de las suyas y llevó la otra hasta el estómago de la mujer.
María se tensó sin saber bien por qué. El roce de sus dedos sobre la camiseta era cálido, demasiado cálido.
«Esto no me está pasando a mí», pensó. «No puedo estar en mitad del campo, pegada a un tío que no sé ni cómo es, observando a un par de caballos a punto de echar un polvo… Y con ganas de echarlo yo misma.»
El semental negro volvió a repetir el baile y la yegua volvió a levantar su cola. En el momento en que él se acercó, ella la bajó otra vez.
—Menuda calienta pollas está hecha —comentó María apoyando la barbilla en el dorso de la mano que sujetaba las suyas. Era morena, con uñas cortas y limpias. Sintió sus dedos callosos acariciándole los nudillos. «No debería estar relajada, este tipo me está seduciendo y ni siquiera sé quién es…»
—Negro sabe lo que se hace, ahora es cuando va a empezar a impresionarla —susurró él.
—Ya veo —replicó burlona. Quería que él dejara de susurrar, que levantara la voz hasta su tono normal. Estaba segura de que si lo hacía le reconocería
—No miras adonde debes. Cualquier yegua se sentiría impresionada ante él —aseveró el desconocido pegando su ingle a las nalgas de María
Estaba erecto.
Ambos machos lo estaban.
El pene del caballo se alargaba hasta casi el corvejón, a mitad de la pata trasera.
La verga del desconocido se acomodaba entre las nalgas de María; dura, gruesa, quemándola a través de la tela de los vaqueros.
María se quedó petrificada. Debería girarse y darle una buena patada en los cojones, pero no podía. Mentira, no quería. Hacia tanto tiempo que nada ardía en ella, que no sentía la sangre correr alterada por sus venas… Continuó inmóvil.
El semental se acercó a la yegua, ésta lo ignoró; la golpeó suavemente con la testa en los lomos, ella no se movió.
El desconocido posó sus labios sobre la nuca de María. Ella sintió su lengua cálida y húmeda lamiéndola en círculos, acercándose poco a poco a la vena que le latía erráticamente en el cuello para apretar los labios contra ella y absorber con fuerza, justo en mitad de un latido. Un escalofrío recorrió su espalda y bajó directo hasta su vagina.
El semental negro tampoco se había quedado quieto. Bailaba alrededor de la yegua, acercándose a ella para golpearla con el hocico en las ancas para alejarse al instante en un baile frustrante que dio como resultado que ésta apartara a un lado la cola y expusiera levemente su vulva hinchada para volver a ocultarla al segundo siguiente. El semental se alejó, el pene bamboleó inmenso entre sus patas traseras cuando levantó las delanteras y lanzó un potente relincho.
El desconocido recorrió con los dedos el camino desde el estómago a los pechos y sostuvo el izquierdo en la palma de su mano; sus dedos extendidos abarcaron el seno y lo tentaron suavemente, deslizándose sobre el pezón fugazmente. María echó la cabeza hacia atrás hasta que su mejilla encontró la del desconocido, pero él la empujó con el mentón hasta que quedó apoyada en su hombro duro y masculino. Luego recorrió con los labios la delicada clavícula femenina, raspándola con su incipiente barba y mandando destellos de placer con cada áspero roce. María cerró los ojos, frustrada por no ser capaz de verle, de reconocer su voz.
—Abre los ojos —ordenó él con voz enronquecida.
María le obedeció a duras penas, sus músculos no respondían a las órdenes de su cerebro. Las piernas estaban flojas, sin fuerzas; las manos todavía reposaban sobre la valla, sujetas por las de él; su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración errática, ansiando un nuevo roce de sus dedos callosos.
El semental estaba tras la yegua. Le hocicaba las ancas, empujándola y alejándose de ella. En ese momento el alazán elevó la cola y el semental hundió el hocico en la vulva; frotó su morro en ella, humedeciéndolo, para separarse al instante del fruto prohibido; su verga mostrándose en todo su esplendor.
La mano del desconocido liberó las suyas, recorrió lentamente los brazos y aterrizó sobre su estómago. Pero no se detuvo allí, bajó hasta encontrar la cinturilla de los vaqueros y se coló bajo ellos, quemándole la piel.
María sintió los dedos recorriendo los rizos de su pubis; presionando su vulva, húmeda al igual que la de la yegua.
«Estoy libre, me ha soltado; debería darme la vuelta, golpearle, escapar, salir corriendo», pensó. Pero no lo hizo, no quería hacerlo.
Se aferró con fuerza a la cerca, los dedos temblándole de anticipación, las rodillas débiles por la excitación, la mirada fija en los dos corceles… Se acercaba el final.
El semental volvió a alzar las patas delanteras. María no podía apartar la vista de la inmensa verga negra; brillante y rígida, larga y orgullosa, gruesa y lisa… Parecía suave. Tan suave como las caricias de las yemas del desconocido en sus labios vaginales.
La mano que jugaba con su pecho izquierdo se desplazó lentamente hacia el derecho, los dedos rodearon el pezón, lo pellizcaron, tiraron de él y sintió que la tierra sobre la que estaban posados sus pies desaparecía, que todo su mundo giraba alrededor de las manos de aquel hombre. La que excitaba sus pezones, la que abarcaba su vulva.
—Observa a los caballos —ordenó él, situando un dedo a cada lado del clítoris—. La yegua está preparada, su vagina está lubricada. Abre las patas y levanta la cola, ofreciéndose sumisa. —Apretó los dedos contra el clítoris y María estuvo a punto de estallar.
El pie enfundado en la bota campera del desconocido la golpeó suavemente en los tobillos hasta que abrió más las piernas. María jadeó con fuerza cuando vio desaparecer su gruesa y morena muñeca por debajo de la cinturilla de los pantalones, se olvidó de respirar cuando sus dedos llegaron hasta la entrada de su vagina.
—¿Qué crees que hará Negro ahora? —preguntó susurrando.
—No… No lo sé… —respondió María cerrando los ojos, perdida en las sensaciones que recorrían su cuerpo.
—Míralos —ordenó severo.
María obedeció.
El semental se colocó tras la yegua y elevó las patas delanteras para cubrirla, encerrándola bajo su cuerpo, sujetándola por las ancas. La enorme y pulida verga en su máxima extensión, los testículos hinchados balanceándose bajo su negra y tupida cola.
María se humedeció los labios.
El negro corcel penetró de una sola embestida la entrada rosada e hinchada de la yegua alazana.
El desconocido introdujo con fuerza dos dedos dentro de su vagina al mismo tiempo que presionaba el clítoris con el pulgar.
Las rodillas dejaron de sostenerla, pero él la sujetó por el estómago sin dejar de bombear con los dedos en su vagina. Dentro y fuera. Dentro y fuera. Con fuerza. Rápidamente, curvando los nudillos en cada embestida a la vez que azotaba con el pulgar el clítoris endurecido.
—Para… por favor… Para… —rogó María con voz apenas audible.
El desconocido hizo caso omiso. Pegó más su ingle a las nalgas y comenzó a frotarse contra ella.
María creyó que se rompería en pedazos. Él empujaba con su pene inhiesto y sólido contra sus glúteos mientras sus dedos le invadían la vagina sin pausa. Su pulgar recorría en apretados y húmedos círculos el clítoris, mientras la palma de su otra mano le quemaba el estómago.
El aire no le llegaba a los pulmones, la sangre ardía en sus venas, tenía los blancos de apretar la cerca y sus labios abiertos jadeaban en busca de oxígeno.
El semental montaba a la yegua con fuerza. Los dedos del desconocido destrozaban los nervios de su sexo, mandando ramalazos de placer por todo su cuerpo, llevándola hasta donde nunca había llegado.
—Esto no está bien… —intentó razonar María al borde del orgasmo—. No debo…
—Córrete para mí —ordenó él—. Ahora.
María gritó. Tembló. Cayó en un abismo que no sabía que existía
Se derrumbó sin fuerzas sobre la mano del desconocido, sintiendo sus ásperos dedos entre sus pliegues más íntimos, la palma de su mano húmeda por sus fluidos.
—Cierra los ojos y respira —ordenó él sosteniéndola.
María dejó caer las pestañas y se esforzó por volver a respirar con normalidad.
El desconocido la tumbó con suavidad sobre el suelo.
Esperó lánguida a que él la desnudara y se la follara con la misma intensidad con que la había masturbado, pero en vez de eso le sintió girarse y oyó sus pasos alejarse entre los árboles.
Abrió los ojos confundida.
El semental pastaba tranquilo al otro lado de la valla, sus instintos satisfechos.
La yegua sacudía la cabeza como saliendo de un sueño.
Giró la cabeza y buscó a su alrededor. El prado, vacío; la puerta del establo, cerrada; la cabaña… Tal vez el desconocido había ido a la cabaña.
Se levantó lentamente, sus piernas aún no respondían con rapidez.
Un paso, otro paso, otro más hasta llegar a la choza. La puerta estaba cerrada y las ventanas tenían cortinas que le impedían ver el interior. Estuvo a punto de golpear la puerta con los puños, pero sabía que sería inútil. Él se había ido. Había oído sus pasos alejándose en dirección contraria, hacia los árboles que rodeaban el claro. No lo encontraría si él no quería. Y parecía que ése era el caso.
—¡Cabrón! —gritó con todas sus fuerzas.
—Cabrón… —repitió entre dientes sabiendo que no tenía derecho a insultarlo, ni siquiera a enfadarse.
No tenía derecho a sentirse ofendida. Él no le había obligado a hacer nada; de hecho no había hecho nada más que dejarse llevar y aceptar el placer que él le daba.
—Pude haberme ido. Él me soltó, pude haber echado a correr, haber gritado, haberme girado y verle la cara. Pero no lo hice —reconoció para sí— ¿Por qué no lo hice?
Respiró profundamente y se colocó la ropa. Tenía los pezones sensibles. La vulva le latía con el recuerdo del orgasmo. Los músculos de la vagina se le contraían involuntariamente. El clítoris ardía.
Miró a la yegua y se acercó hasta ella. Ésta la miró curiosa.
—Nos lo hemos pasado bien esta tarde… Espero que haya merecido la pena, tú te quedaras aquí con tu semental, ignorando lo que te rodea; yo volveré al pueblo y rezaré porque mi semental no se vaya de la lengua y no me haga sentir como una puta en un sitio en el que no me siento yo misma.
Se dio la vuelta y se dirigió hacia el camino asfaltado, esperando que éste llevara a alguna carretera que confluyera con la del pueblo. Realmente no tenía ni la más remota idea de donde se encontraba.

CUANDO LA MEMORIA OLVIDA

Cuando la memoria olvida

Amigos del barrio II
Noelia Amarillo
Romántica erótica
Encuadernación: Bolsillo en tapa dura
Páginas: 384
P.V.P 6,95 €
ISBN: 978-84-15410-44-7
En librerías el  21 enero 2013
Orden de lectura de la serie: Aquí
Extras, explicaciones, frases: Aquí

Primer capítulo:

Premio Rosa de la revista Romántica´s 2011 en la categoría Mejor Autora Española: Cuando la memoria olvida.

 

  Sinopsis: 

En la vida de Ruth no hay sitio para nadie mas… de hecho, ni siquiera hay sitio para ella misma. Cuida su casa, a sus hermanos (aunque son ya adultos) y a su padre (que no tiene muy buena cabeza). Trabaja en un centro de día para mayores donde no sólo hace su trabajo sino también el de la arpía de su jefa… para conseguirlo regula sus días de horarios imposibles controlando exactamente cada segundo aprovechable. Su única vía de escape son las escasas reuniones con sus amigas… y pasar algún sábado que otro con un amigo especial que le hace hermosos “diseños de interiores”. 
 
La vida de Marcos es un cúmulo de experiencias y viajes. Imprevisible, impaciente y visceral hace lo que quiere, cuando quiere y como quiere (así le va). Tras pasar varios años en todos los rincones de Estados Unido, y de parte del mundo, decide volver a su país natal, España y asentarse. La falta de previsión, y sobre todo la comodidad, se confabulan para que acabe viviendo en la casa de su madre, una mujer obsesionada por las telenovelas, que vive por y para la ficción. 
 
De niños eran los mejores amigos y los más fieros enemigos. Pero el destino los separó, para años después volver a juntarlos. Un día agradable se convirtió en una noche de pasión que finalizó en una discusión que los separó y cambió la vida de ambos. 
 
Ahora vuelven a encontrarse, todo sigue igual y a la vez todo ha cambiado…